Yo nací a menos de un kilómetro del Gigüela (así, con 'g', lo hemos escrito siempre), con mi abuelo materno aprendí a regar la 'panjía' (tomates, patatas, pimientos y algunas judías verdes) sacando del río el agua con cubos y abriendo y tapando los 'regueros' (cerca teníamos además una huerta con pozo con noria y cangilones, y muchos árboles, donde hoy no hay sombraen la que cobijarse), con él y con mi padre cogí cangrejos con reteles a los que aprendí a colocar el cebo, con mi familia me bañaba en las pozas y remansos, en el río lavábamos la lana con que llenar los colchones de las parejas que se casaban (y, de tarde en tarde, cuando se renovaba la lana de los colchones de casa) y era una fiesta y un ritual hermoso,y lavaban los agricultores las seras y las espuertas -más tarde también las lonas- de la vendimia, y con los amigos de la infancia viví las aventuras de coger culebras de agua y de escaparnos, con esa sensación mitad miedo, mitad emoción, en las largas siestas del verano, para bañarnos a nuestras anchas con la experiencia de libertadque suponía el no estar controlados por los adultos (y había riesgo, y ahogadosalguna vez).
En mi río aprendí a nadar amedias (sujetándome a un tocón seco, con un pie siemprea punto, por si acaso, y soltándome poco a poco), y lo ví crecer y desbordarse.
Mi vida de entonces no se podía entender sin el río. Era la vida misma. En no más de seis kilómetros molían el trigo no menos de seis molinos de agua, que impresionaban a los muchachos: recuerdo cómo bombeaba mi corazón cada vez que pasaba justo por encima del potente y atronador chorro de agua que movía la enorme piedra de moler del molino de La Torrontera, del que se encargó durante años uno de mis tios. Las piedras de moler, por cierto,las 'fabricaban' unos artesanos italianos que luego sequedaronen la zona y echaron raíces para siempre (también fueron buenos caldereros para el ferrocarril).
Ahora ya no corre agua por el Gigüela salvo cuando su caz se utiliza para aliviar la angustia de las Tablas de Daimiel (¡y afortunadamente!). El pueblo ya no vive con el río, ni del río. Ya no queda en pie ninguno de sus molinos. Es sólo añoranza y memoria. Pasado, cuando a mí me gustaría tanto que fuera presente con futuro.
¡Qué interesante vuestro objetivo, y qué loable ese trabajo! Enhorabuena, y adelante.
Para que nunca tengáis que sustituir la vivencia y la experiencia inmediata por la añoranza. El río Bullaque merece seguir vivo.
Pedropablo.