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Domingo Iglesias
Los olmos corpulentos del molino
y los fresnos robustos de la vega,
con este sol que inunda los sembrados
han vestido sus galas opulentas.

Las sámaras de oro laminado
de sus frondosas ramas se descuelgan,
descubriendo un zigzag de mariposa
que se deja caer sobre la hierba.

Si eres un ciudadano de la urbe,
sal al campo, que ya la primavera
luce su polisón de terciopelo
estampado con rosas de la selva.

Verás las margaritas en los prados
reír al beso de la luz que tiembla,
y podrás contemplar en tu retina
la limpia imagen que la vida encierra.

Sal al campo y verás los encinares
cubiertos de oropeles y candelas,
y los lisos bohordos del gamón,
varitas consteladas de azucenas.

Si vienes a estos valles,
si vienes a estas sierras
verás los matorrales de la umbría,
las gayombas esbeltas,
la quírola rosada
y las verdes iniestas;
el velludo verbasco
y la sarga opulenta
derramando su savia
por sus venas abiertas.

Verás los matorrales del camino,
camino de la fuente de la Hiedra;
olivares de tronco centenario
de los pagos extensos de La Mesa,
cuyas drupas ovales y brillantes
dan la pulpa sabrosa y aceitera.

Si vienes al molino del Bullaque,
verás en el tejado las cigüeñas
flotando en el añil que se resbala
por el curvo perfil de sus siluetas.

Aquí podrás, si vienes,
gozar de la esplendente primavera
impregnada de líricas canciones
que en un coro de aves se dispersa.

Ven y verás el río
y el ancho espejo de sus aguas quietas;
los zarzales floridos de la orilla
con panojas de cera,
donde liban el polen
las doradas abejas.

Aquí verás los chopos,
vigías de la vega;
los sauces soñolientos,
las flexibles mimbreras
y el nenúfar oblongo
de hoja feculenta;
las márgenes dormidas
los viejos olmos de la noria vieja,
los pinos del puntal,
la vetusta muralla de la presa,
las juncias, los bayuncos y los juncos
y las tablas profundas y serenas
donde rueda la brisa
que canta en la alameda.

Deja, deja la urbe
poblada de tristezas,
de luchas y de afanes,
que ya la primavera
va sembrando sus flores
por valles y laderas,
jugando con la luz
del brazo de Minerva.

Si no puedes venir,
por lo menos recuerda
que hay en estos parajes
la paz y la belleza
que confortan el alma
cuando se siente yerta.

Si vinieras un día,
que sea en primavera:
cuando lucen los campos
sus galas opulentas.


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